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El Sol brilló a medianoche: Parto de Estela, nacimiento de Antu.

Érase una vez una mamá que llevaba a su hijito en la tripa, pero estaban tan a gustito que querían seguir unidos, dos corazones y dos almas en un solo cuerpo...
Esta historia comienza el 3 de Septiembre de 2013. Es una historia de vida, de nacimiento y amor.

Tras pasar la noche con contracciones, a la mañana siguiente y tras darme una ducha, mientras desayunaba, comprobé decepcionada que las contracciones se iban espaciando hasta desaparecer.
Emilio, que me iba a acompañar en el parto, me propuso hacer un monitor para ver cómo estaba el pequeño Antu. Efectivamente, no había contracciones significativas, pero todo estaba bien. Había dilatado 2 cm y el cuello estaba borrándose, pero había que esperar un poco más para que el parto comenzara. Me administró prostaglandinas con la esperanza de ayudar al inicio del proceso.

 

Mi doula, Teresa, me ayudó a enfrentarme cara a cara al dolor físico y a mis temores, con una nueva sesión de moxibustión (similar a la acupuntura) y shiatsu.
Emilio y Teresa se iban a ir a sus casas hasta que comenzase el parto, pero yo les necesitaba conmigo, por lo que finalmente se quedaron con nosotros en casa. Y menos mal, pues unas horas más tarde, en la comida volvieron las contracciones... ¡viva!. Nunca antes había estado tan feliz sintiendo unas sensaciones así de intensas, sabía que cada una abría la puerta para
abrazar a mi amado hijo. Durante la comida todos contaban discretamente la duración y frecuencia de las mismas. Aún recuerdo ese delicioso cuscús de verduras que no pude terminarme. Debía reservar mi energía para el parto, no para hacer la digestión.
En vista de que el parto se acercaba, nos echamos todos la siesta. Yo pude dormir poco, las contracciones eran cada vez más seguidas, Iván empezó a cronometrar... cada 8 minutos, duraban 1 minuto aproximadamente. Luego cada 7, cada 6 minutos. Cuando ya no podía aguantar más tumbada, bajé al salón a ver a Teresa. Enseguida me animó a sentarme en la
pelota de Pilates. Las contracciones ya eran cada 5 minutos. Entré en un estado extraño de conciencia. Todo a mí alrededor se difuminaba y perdí completamente la noción del tiempo y del lugar. Cerré los ojos. Sólo era mi cuerpo. Me entregaba a cada contracción, que iban aumentando de intensidad, sin pensar en nada.
En un momento dado, Teresa me sugirió una ducha o un baño, y yo pensé que un baño tibio estaría bien, por lo que Iván fue a preparar la bañera. Con las luces apagadas y velas, me sumergí en el agua. Las contracciones eran más suaves aquí, pero pronto empecé a sentirme algo incómoda y destemplada, por lo que salí y fui a nuestro dormitorio. Allí era donde yo
había visualizado mi parto.
Recuerdo la sensación constante de tener que hacer caca, pero Teresa me decía que sería la cabecita del bebé, lo cual me animaba bastante. También recuerdo un sangrado que me acompañaba desde la semana anterior, cuando expulsé el tapón mucoso, pero que se iba haciendo más rojo intenso. Emilio nos tranquilizó al respecto.

Una vez en la habitación, todo se hizo mucho más sutil en mi mente y los recuerdos se difuminan como si se tratase de un sueño. Comenzamos a sonorizar las contracciones. Cada vez que llegaba una nueva, me animaban a cabalgar la "ola", y cantábamos "Aaaaaahhhhhh".
Así, a la vez que mi garganta se aflojaba y abría, también lo hacían mi vagina y el cérvix. Me comunicaba escuetamente: "agua", "calor", "toalla"... Iván me aliviaba el calor con el abanico y con toallas húmedas. En todo momento permanecía a mi lado, atento y en silencio.
A pesar de haber preparado con mucho mimo y semanas antes música para este día, mi altarde parto, haber practicado posturas... en ese momento no quise nada de aquello. No lo necesitaba, ni siquiera me acordé de todo lo que había planeado para el gran momento.
Simplemente me dejaba llevar. Humedecía mi boca con saliva fluida y cantaba. Fue lo que más me ayudó. Me prepararon infusión de hoja de frambueso, bien fresquita. Iván me la iba ofreciendo y recuerdo lo rico que me sabía cada traguito.
Pasamos algunas contracciones en la silla de partos, Iván sentado detrás de mí me sostenía y servía de apoyo. Teresa me animaba a seguir... Emilio, sigiloso, se acercaba a veces a ver cómo iba todo... Mis gatas, sorprendentemente, no venían a la habitación a ver qué ocurría.
Empecé a sentir ganas de empujar, y así lo hice. No necesité las prácticas de respiración de la preparación al parto, vocalizar era lo que me pedía el cuerpo en ese momento. Normalmente me quedaba sin aire enseguida, pero este día mis "aaaaaaaaaaah" tenían una fuerza desconocida en mí. Entre contracción y contracción, hubo momentos en los que me quedaba
adormilada, descansando sobre el almohadón. No quise tactos vaginales, por lo que no sabía de cuanto estaba dilatada, pero yo lo prefería así. Nunca olvidaré cuando Teresa me dijo: "Ahí abajo se ve pelito, y no es sólo tuyo...". ¡¡Sí!!.
Antu estaba ya muy cerca, eso me dio fuerzas extras y los dos continuamos nuestro viaje para reunirnos en mis brazos.
En un momento, Iván comenzó a llamar a nuestro hijo, muy dulcemente: ¡¡Aaaaaanntuuuu!!, ¡¡Aaaannntuuu!!. Y yo me uní a él en esa linda canción. Recordó el libro "Los 9 peldaños", y cómo a veces, los bebés por nacer necesitan que sus padres les llamen en el momento del parto, que les recuerden que les queremos y les esperamos. Que estamos con ellos. Teresa, al oírnos, subió emocionada y nos animó a seguir llamándole.
La noche fue avanzando y el parto continuaba con intensidad. Tras estar bastante rato empujando a cuatro patas, Emilio me propuso ponerme en cuclillas, pero preferí la silla de partos.
En esos momentos, notaba como iba volviendo en mí, abriéndome más y más, y tomando conciencia de que mi hijo iba a nacer de manera inminente. En la oscuridad, los 4 acompañábamos a Antu en la recta final de su viaje. Por fin nuestras gatas entraron al dormitorio, dando una vuelta muy discreta, como queriendo dar la bienvenida al nuevo miembro de la familia. Emilio se puso el frontal para ver y pusieron empapadores a mis pies. A mí me animaban, comentando cómo la vulva se abría muy lentamente y con delicadeza.
También me propusieron tocar la cabecita de Antu, y fue una sensación indescriptible. Tansuave, cálida. Su padre también le acarició emocionado.
En las últimas contracciones, lejos de agotarme, saqué toda mi fuerza, que cada vez me parecía mayor. Me ofrecieron un espejo para que mirase la cabeza de Antu... Yo le miraba y le acariciaba.
Noté un calor intenso en la vulva y les pregunté si eso era el "aro de fuego". Me dijeron que sí. ¡¡Ya no quedaba nada para abrazarte!!
En un pujo, la bolsa se rompió y Antu salió entero, como un pececillo. Lo cogí y lo puse sobre mí, lo primero que pensé y dije fue: "¡¡qué blandito es!!". Nació de madrugada, el 4 de septiembre a la 1:12 am.
Antu llegó tranquilo y sereno, presente. No lloró en ningún momento. El cordón no fue cortado, pues quisimos que tuviera un nacimiento Loto. Me ayudaron a levantarme de la silla de partos y caminé los escasos pasos que me separaban de nuestra cama con Antu en brazos.
Los dos desnudos, piel con piel, intercambiamos nuestra primera mirada, esa tan potente y pura que no se olvida en la vida... Había sido capaz, había parido a mi hijo. Me sentía la mujer más poderosa y feliz del mundo.
Mientras mirábamos embelesados a Antu, Emilio y Teresa comprobaban en un segundo plano que todo iba bien, y nos dejaron solos a los tres en la cama.
Antu se engancho al pecho a los pocos minutos de nacer, y enseguida empecé a notar nuevas contracciones, esta vez, para alumbrar la placenta, nutridora uterina de mi hijo. Tras algunas contracciones más intensas, sentí como la placenta salía, caliente, suave y resbaladiza entre mis piernas. Tardó 45 minutos en despedirse del útero. Teresa intuyó que había alumbrado, y entró para ver como estábamos. La placenta no era muy grande, pero era hermosa, estaba entera y mi útero se contrajo con normalidad. La colocamos en una palangana. Yo me hice un pequeño desgarro, que sólo requirió 3 puntos.
En esos momentos, Emilio pesó a Antu: 3,490 kg. Fue la única medición que se le realizó. Naciólimpio, oliendo a vida, con un color melocotón precioso y unos grandes ojos que me enamoraron desde el primer segundo.

Y dos horas después del parto, Teresa y Emilio nos dejaron solos en casa. Esa noche por fin estábamos los 3 juntos, acurrucados, como tantas veces habíamos soñado Iván y yo. No pudimos dormir de la emoción, yo sólo miraba a mi hijo y agradecía de bendición que había recibido.
El parto fue intenso, mágico, me fortaleció y rompió a la misma vez... ¿Dolor? Si, bienvenido, fue mi aliado para entregarme, sumergirme en mi cuerpo, en mi instinto y confiar en mi hijo. ¿Sufrimiento? Ninguno. Parir en nuestro hogar, de manera natural, mamífera y elegido de manera consciente ha sido un regalo. Siento que muchos momentos estén borrosos, confusos, incluso olvidados en mi mente, pero creo que han sido las maravillosas hormonas, química del amor, que me ha dejado sólo con el buen sabor de boca.
Y aquí acaba esta historia. Un embarazo sano, que culminó en la semana 43 de gestación. 7 horas de parto: 5 horas de dilatación y 2 de pujos. Una familia que nace y comienza a andar. Y colorín, colorado, este cuento... ¡ha empezado!


De cómo nació Antu (Por Marta Arteaga).
Un día al AMAnecer
al cielo se le escapó un rayo,
de él vino Antu a nacer.
En sus ojos podías ver la verdad del paraíso,
la naturaleza especial de la belleza esencial.
Su mamá, una Diosa encarnada
le acunaba, arropaba y cantaba melodías de las estrellas.
Su papá, un Dios encarnado
le protegía y recordaba su fuerza vital,
su naturaleza esencial.
Y juntos los tres aprendían a recordar el Paraíso en la Tierra,
jugando, disfrutando y amando.
¡Por fin se habían vuelto a juntar!
¡En el Nuevo Tiempo, donde todo ES y se DA!

 

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