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EL VIAJE DE EVA Y ETHAN

Lunes 27 de Mayo – 39+4

Tras un embarazo sin ninguna otra complicación que algo de ardores y nauseas en las últimas semanas del primer trimestre, un episodio vagal (me desmayé durmiendo y tuve la suerte de autodespertarme) y un tiempo que no acompañaba mucho a salir a dar mis paseos, empecé a notar unas contracciones algo más intensas, diferentes y seguidas el lunes 27 de mayo y pensé “¡Allá vamos! ¡Feliz viaje!”
En mis encuentros con mis sombras (que para eso están en gran parte los pródromos) el primero fue el pedir ayuda. Sabía que necesitaba ayuda, notaba que necesitaba ayuda, pero pedirlo…pfff…


Al final llamé a mi compañero de viaje, Ricardo, para pedirle que viniese y le pedí permiso para también pedir que viniera mi Doula, Teresa, ya que tenía miedo a que se sintiera ofendido. Claro que no se sentía ofendido, entendía que estaba necesitando apoyo y dio gracias que la pedía (algo que también expresó mi Doula).

Una vez en casa con compañero y Doula estuve con abrazos intensos que venían e iban. Al rato me sugirió mi Doula de darnos una ducha. Debajo de los chorros calientes de agua (¡mmm! ¡la bendición!) se le ocurrió a Ricardo coger la alcachofa y recorrer con el chorro en modo masaje la espalda desde arriba hacia abajo y viceversa. ¡Que placer y alivio! Pena que el calor al final me acabó agobiándome y tuvimos que salir.
Como mi Doula sabía que era muy controladora sugirió llamar al equipo de matronas que tenía apalabrado para el parto en casa para que me miraran que tal iba con la dilatación. Asistí ya que tenía curiosidad. Llegaron en breve, un tacto rápido y respetuoso y el veredicto: un centímetro como mucho y la cabeza del bebé aún alto. El bebé estaba estupendo. Paciencia y por lo menos ya estaba empezando.
Esa noche estuvimos viendo una película de risa para desconectar, nos fuimos a dormir y si tuve algún que otro abrazo intenso, pero sin indicios que iba a ir a por más.

Martes 28 de Mayo – 39+5

Ricardo se tuvo que ir al trabajo y dio gracias que estaba conmigo mi Doula para que si pasara algo al menos estaba ella. Estuvimos dando una vuelta para estar activas, haciendo algún que otro ejercicios para llevar algo mejor los abrazos que estaba notando (no tan intensos como el día anterior…) y después de las comprar nos subimos a casa. Cociné para las dos y me eché una siesta – toda fuerza que podía recoger sería bienvenida.
Ricardo pudo salir del trabajo algo más pronto, sabiendo que podría empezar con el parto propiamente dicho en cualquier momento (aunque también podríamos estar así aún días…). Una vez en casa nos duchamos nuevamente y al salir de la ducha me miré en el espejo y tomé la decisión. Habíamos quedado durante el embarazo que en algún momento del parto (lo había visualizado después de haber dado a luz, pero ya me he dado cuenta que no hay nada fijo en esta vida y que todo está bien) quería raparme el pelo como símbolo de mi propio renacimiento de mujer a madre. Ricardo incluso se había apuntado a acompañarme y raparse también. Y al mirarme en el espejo era como, “ahora”. Me senté en un banquete sin poder mirarme a un espejo y con varias respiraciones profundas y el permiso me empezó a rapar Ricardo la cabeza. Y él el suyo.
Fue una sensación muy extraña sentir como la máquina iba pasando por la cabeza mientras veía y notaba caer mechones de pelo por todos los lados. Era una liberación a muchos niveles que tomó su tiempo en soltarse. Al cabo de un rato miro hacia arriba y en el espejo vi el resultado del rapado de Ricardo. Aparte de algún que otro retoque necesario me resultaba muy guapo. Hasta me ponía verle así. Me preguntó si quería verme o terminaba con la maquina al cero y le dije que yo prefería mirarme al final. Siempre me han gustado las sorpresas y me iba a llevar una buena… Al terminar conmigo, Ricardo me pidió de rematar algún que otro hueco por rematar en su cabeza. Me levanté sin más y fue entonces cuando me vi por primera vez rapada. ¡Vaya susto! Se me veía toda la cara y mis orejas que siempre han salido algo salían ahora aún más. ¡Qué horror! Me mira Ricardo, sonríe y me dice “pues a mí me gusta. Pareces Sinead O´Connor (cantante)”. Bueno, con eso ya me veo y siento algo más guapa y me pongo a retocar a Ricardo.

Salimos del cuarto de baño con nuestro nuevo “look” y empiezo de nuevo con abrazos más intensos. Nos ponemos en el cuarto que habíamos preparado para la ocasión (el futuro cuarto donde queríamos dormir los tres y futurísimo cuarto del bebé una vez más grande) a cantar, mover a cuatro patas, sonorizar por el sacro con voces graves y todo lo que se nos vaya ocurriendo. Incluso me veía apoyada entre Teresa y Ricardo dando pasos como una patosa torpe por los largos del cuarto. La risa también ayudó mucho durante estos momentos de reencuentro con sombras 
Al tener la sensación de estancamiento me aplica Ricardo moxa en algunos puntos que piensa que podrían venir bien. Y al poco tiempo pido por favor que venga la matrona a que me mire. Al menos hay progreso: voy pidiendo ayuda y con más claridad y necesidad.
La matrona (la misma que antes) me explora. Sigo en 1 centímetro. Eso si, la cabeza del bebé había bajado y seguía estupendísimo. Se me cae gran parte del mundo. Yo que pensé que había hecho ya una gran labor, que ya había dilatado al menos unos centímetros, que estaba empezando a pensar ¿Cuánto falta?... Pues según la matrona podrían ser horas, días, no se sabe. Y aunque tiene razón, yo también lo sé, hay algo en mi que dijo “te vas a enterar, que yo ya estoy empezando a hartarme de esto”. Además estaba empezando a estar preocupadilla (ay, como soy…) de mi Doula que ya llevaba día y medio conmigo y tampoco quería que se quedara una semana conmigo, que sabía que tenía otras obligaciones.

Decidimos de aplicar el mismo truco de ayer de desconectar y esta vez decidimos querer celebrar que ya está casi aquí nuestro bebé y nos disponemos a ir a nuestro restaurante favorito. Un japonés a unos 10 minutos como máximo andando a ritmo normal de casa.
A todo esto llama mi hermana que está cerca y pregunta si me hace que se pase. Asiento y se une al festín. No todos los días va a ver a luz su sobrino/a (no queríamos saber el sexo).
Llegamos al restaurante y vemos que está lleno. Pregunta Ricardo y si, no hay mesa para 4. Otro chasquito. Hay un momento de “y ahora que” y de momento nos dirigimos de nuevo a casa a ver si nos ocurre otros sitios. Damos unos pasos y empiezo a tener abrazos. Esta vez es más intenso aún y en vez de sentir como si me estuviera abrazando un pulpo como con los abrazos de Braxton-Hicks a lo redondo, voy sintiendo abrazos más tipo cuadrado, con irradiaciones a los riñones y mucha presencia de toda mi cintura. Definitivamente decido querer ir a casa.
Ha tenido que ser muy cómico y acogedor a la vez. Un grupo de tres mujeres, entre ellas una de parto, y un hombre por la calle – el hombre y una mujer sujetando la mujer de parto de los brazos y la otra dando ánimos por detrás y de los lados. Y yo cada vez más en mi mundo. Y desde allí me daba cuenta de estar con ya otro tipo de contracciones y me cachi, por que ha tenido que ser en la calle… Además me daban justo cuando estábamos en sitios que no apetecía mucho estar (con heces de perros, basura por todas partes, algún que otro charco sospechoso…). El barrio que no está tan mal (barrio Salamanca de Madrid) de repente se transformó en el peor escenario para mi en ese momento tan delicado y allí estaba. Y lo único que podía hacer era respirarlo, acogerlo y reírme de ello.
Como colmo en uno de los abrazos noto como una pequeña quiebra y un líquido caliente que baja entre mis piernas. Vaya, he roto aguas. Y con calma la digo a mi Doula (también para estar segura de lo que digo, como buscando la verificación), “tenemos 48 horas”.
40 minutos desde que dejamos el restaurante llegamos a casa. Nos sugieren de ducharme para limpiar el agua y el paseo por la calle lleno abrazos entre ambientes no muy ideales. Con mucho gusto lo acepto, aunque parte de mi no se si va a llegar a la ducha, ni si va a poder salir.
En la ducha voy teniendo abrazos a cierto ritmo (con lo que me gusta a mi controlar fue lo único que me importó un bledo durante tooooodos los pródromos y parto – cada cuanto tenía abrazos) y con una intensidad que a veces me descolocaba. Sabía que habían traído una silla de partos y aunque no había pensado usarlo, me vino la imagen debajo de la ducha y pedí que me lo trajeran si lo podía usar con agua.

Tardaron en montarlo y justo cuando lo tenían me entró la angustia del calor y tuve que salir de la ducha. Bueno, ya se usará más adelante a lo mejor.
En el cuarto de parto estuvieron Ricardo, Teresa y mi hermana animándome, sujetándome, acompañándome en mis frases de autoayuda y reprogramación “mi boca se llena de saliva, suave y abundante como el agua – necesito…”, gritos y llantos. Recuerdo notar los abrazos cada vez más cuadrados, cada vez más por los riñones y bajando. Hasta tal punto que bajaban y subían como si hubiera un resorte y eso era casi más doloroso. También que me dicen que empuje y eso que siempre había pensado que no se podía empujar (vivan los mitos) y al hacerlo me hace mucha impresión notar en algunas ocasiones como expulso meconio a borbotones. Pregunto como son y son claros. Me relajo para el siguiente abrazo.

Llegué al punto “porque esto es tan difícil”. Llegué al punto “quiero que esto se acabe ya”. Llegué al punto “que me den oxcitocina, me hagan una cesarea, lo que sea, me duele, quiero que se acabe”. Y en todas estuvieron mi equipo animándome. “Claro que puedes, quien dice que no puedes, grita, muerde, llora, lucha, estás justo donde tienes que estar, valiente, fuerte, poderosa”.
Y llegué al punto “¿estancados?”.
Llamaron a la matrona (y eso que había solicitado varias veces que vinieran y decían que tenía que tener paciencia, que el parto podía ser muy largo, que lo estaba haciendo todo fenomenal) y llegó para escuchar el bebé (estupendísimo) y hacerme un tacto. Seis horas después del veredicto de 1 centímetro me mira con cara sorprendida la matrona. Dilatación completa. Se rompe a llorar de emoción Ricardo y yo aún no me lo puedo creer del todo. Ya está aquí casi nuestro bebé, solo falta lo último. Noto también un gran alivio. No se cuanto hubiera podido haber aguantado (seguro que más, pero en ese momento se me había hecho eterno y más que suficiente).
La matrona ya se queda y seguimos con el baile que transcurre gran parte a cuatro patas. Aquí se y me preparo que una vez metida no hay vuelta atrás, que acompañaré a mi bebé a pasar por los aros del periné, por el aro de fuego y que voy a tener la sensación de partirme en dos. Hago hincapié en tomar respiraciones profundas y allá voy.
Grito y gruño y noto todos los aros que podría haber en el periné (jo, ¡cuántos parecen!). Después de varios empujes y estando en planeta parto de repente vuelvo al cuarto, abro los ojos y tengo la necesidad de saber donde estoy, de tener la sensación de estar perdida y sin referencias. En mi mente hago la pregunta en castellano. Luego me han comentado que Ricardo miró con angustia a mi hermana ya que había formulado la pregunta “¿Dónde estoy?” en Neerlandés (yo nací y viví 24 años en los Paises Bajos). Y luego pregunté “¿Pero, y ya a salido?” (también en Neerlandés). Pues no, quedaba muy poco.

Lo que más me impactó de este momento fue después de haber notado los aros, el fuego, el partirme en dos (que esto último lo viví suavecito), fue el notar y visualizar como los huesos de la parte de delante de la cadera (hueso de pubis y las dos caderas) se movieron, como en un baile, como una mariposa que mueve sus alas individualmente.

El ser que llevaba dentro coronó y según la matrona nada más sacar la parte de arriba de la cabeza ya abrió los ojos y respiró por la nariz. Al lado de su cabeza tenía la mano izquierda en un puño, por lo que me desgarré (grado dos, que no noté hasta que me suturaron: seis puntos en músculo y tres en piel). Acompañe al bebé en su giro y empujé de nuevo para que saliera del todo. O al menos eso pensé y noté como tuvieron que tirar un poquito ya que estaba todavía un pie dentro.
Me tumbé lo más rápido posible y pusieron al bebé encima de mi. Lloró un poco y me dijeron que era un niño. Creo que tuve la cara de sorpresa más sorprendente del mundo. ¡Un niño! En la familia de mi madre hay muchos problemas en mantener un embarazo de un varón y en el de mi padre también hay cierta tendencia a tener más hembras que varones. ¡Y yo he tenido en mi vientre y he dado a luz a un varón! ¡No cabía dentro de mi de felicidad!
Y le pusimos en nombre de Ethan. Un nombre que se nos ocurrió en las últimas vacaciones repasando los nombres que teníamos pensado y como para una hembra nos gustaba Aithne, se le ocurrió a Ricardo cambiar un poco el orden de las letras y sacó a Ethan. Además quiere decir sólido, permanente, duradero, constante. Nos encantó.
Al poco tiempo me preguntan si quiero que corten el cordón. Miro sorprendida a la matrona. ¿Ya? Claro, como nació ya respirando, el cordón se había colapsado ya. Me lo enseñaron y di la vista buena. Me preguntaron quien quería cortar el cordón y dije que yo. Y así lo hice, explicándole a Ethan que iba a hacer.
Una vez cortado el cordón ya nos pudimos poner en una postura más cómoda y ofrecer el pecho. En dos movimientos encontró Ethan el pezón y succionó con todas sus ganas y fuerzas. Al poco tiempo empecé a notar de nuevo abrazos y sabía que era por la placenta. Miró la matrona y resulta que ya estaba suelta, que solo eran unos empujones para sacarlo y ya. Lo miró con mucha determinación y no encontró ningún problema con ella. De momento lo guardamos en un bol para decidir luego que íbamos a hacer con ello.

En la primera exploración ya nos lo dijeron: APGAR de 12. ¿De 12? Además de los 5 parámetros que se suelen usar, el equipo de matronas que estuvieron en el parto también les gusta incluir un sexto: el grado de espabilado que está el bebé. Además de tener todos los parámetros al máximo nada más nacer, también estaba espabilado. ¡Un regalazo del cielo!
Doy miles de gracias a Teresa por apoyarme y darme “por culo” cuando lo necesitaba, mi hermana por haber sido un regalazo de estar presente durante el parto, Ricardo por estar todo el rato conmigo (y eso que no sabía si iba a aguantar - ¡se lo curro el tio!), Amanda por quedarse tranquila y también apoyar y Juanjo por llegar justo cuando ponen a Ethan encima de mi y poder hacer unas pocas fotos de recién nacido.

Y así comienza nuestro baile en este nuevo mundo como madre, padre e hijo. ¡Gracias por leerme!

 

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